Los olvidados: Ayudar durante las fiestas –y todo el año- da sentido a la vida

Los olvidados: Ayudar durante las fiestas –y todo el año- da sentido a la vida


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John Lee mide 6 pies y 3 pulgadas, tiene los ojos de un azul grisáceo y escaso cabello. El día después de Acción de Gracias dispuso su decoración navideña, incluidas las astas de alce de juguete que llevará puestas durante buena parte del mes. Adora las fiestas, en especial la oportunidad de sentarse en el regazo de Santa Claus y pedir regalos. En lo que respecta a las fiestas, no todos los niños son de corta edad. Lee, que tiene sesenta y tantos años, tiene una discapacidad de desarrollo. Antes tenía familia, pero sus padres ya murieron y ahora se encuentra a cargo de un custodio. Quienes lo cuidan harán lo necesario para que pase unas buenas fiestas, dijo Jim Jensen, que dirige el hogar en el que vive Lee. No todos son tan afortunados. La “temporada de alegría” de las fiestas es diferente según las circunstancias de cada persona. Es el momento ideal, dicen los especialistas, para mirar a nuestro alrededor y extender la mano a quienes están cerca, para encontrarlos y recordarlos no sólo en las fiestas, sino durante todo el año. Los débiles. Los que sufren. Los que están recluidos en su casa. Los adictos y quienes se recuperan. Los que de pronto se encuentran solos y en soledad. Los olvidados. Sobreponerse al pasadoMuchos de sus pares quedarán en el olvido en estas fiestas, declaró Selynah Slusser al Deseret News. Algunos lo están desde hace mucho tiempo. Slusser, que ahora tiene treinta y dos años, agotaba hasta hace poco a su familia con su yo-yo. Lo que puede haber sido su última oportunidad real llegó en un envase pequeño: su hija Serenity tiene once meses y es tan plácida como su nombre. La idea de perderla o de decepcionarla lleva a Slusser a luchar por vencer la adicción a la droga en la que cayó a muy temprana edad. Ahora estudia trabajo social en la universidad. También asiste a jornadas de rehabilitación tres veces a la semana. Ella y Serenity tienen un apartamento, lo que constituye todo un logro cuando se tienen antecedentes policiales, destacó. Son muy pocos los lugares que considerarían alquilarle. No tendría esperanzas de rehacer su vida, dijo, si otros no estuvieran dispuestos a ayudarla. Entre los más de 22 millones de estadounidenses que abusan de drogas ilegales, no todos reciben el mismo grado de ayuda mientas luchan por liberarse de la adicción. Pero la ayuda es lo que hace la gran diferencia. Slusser alternó entre cárcel y rehabilitación durante años, lo que afectó sus relaciones familiares. “Hablé demasiado. Aún cuento con ellos, pero ahora tienen sus reservas.” Existe una tendencia a aislar a los adictos a las drogas y, a diferencia de Slusser, “muchas de nuestras mujeres tienen muy poco respaldo familiar saludable”, dijo Andrea Lunt, especialista en tratamiento ambulatorio de Valley Mental Health, una organización privada de tratamiento de Utah, donde las madres pueden tener consigo a sus hijos pequeños mientras se someten a tratamiento por abuso de drogas. Muchas de las mujeres han sufrido conmociones, y a todas les cuesta rehacer su vida. Un período particularmente difícil llega cuando por fin están limpias y sobrias, por lo que la ayuda desaparece. Algunas tienen un pasado que actúa como una barrera que obstruye el futuro. No hay nadieA medida que transcurre diciembre, Echo Garrett reúne tarjetas de regalo para adolescentes que viven en hogares sustitutos. El presidente de Orange Duffel Bag, una organización que tiene sede en Marrietta, Georgia, y trata de proporcionar principios básicos y formación para la vida a adolescentes, dijo que a menudo se los olvida en las fiestas y en términos generales. Muchos programas no ofrecen regalos a los niños mayores de doce años. No es nada nuevo para muchos adolescentes que se encuentran en hogares sustitutos, que pueden vivir en casas grupales porque hay pocos padres sustitutos o terminan en la calle. “Descubrimos que nuestros niños quedan aislados, sobre todo en las fiestas”, dijo Garrett. El gobierno federal dijo que 408.425 niños se encontraban en hogares sustitutos el 30 de septiembre de 2010. Muchos volverán a su casa o se los adoptará, pero un 11 por ciento se convierte en adolescentes emancipados que se las arreglan solos en el mundo. Otros permanecen en hogares grupales o terminan en la calle. Pew Charitable Trusts ha dicho que cada vez son más los niños que abandonan los hogares sustitutos sin contar con un hogar estable. Do 1 Things estima que la cifra de quienes viven sin hogar alcanza a 1,3 millones. Muchos adolescentes estadounidenses esperan que su familia les compre regalos caros, pero los adolescentes que conoce Garrett suelen querer ropa interior, jabón o un teléfono móvil prepago que puede salvarles la vida. “Una de nuestras niñas es una gran estudiante, trabaja duro y necesita una calculadora para su clase de ciencias. ¿Quién piensa en eso?”, dijo. “Me gustan las tarjetas de regalos. Lo que veo en nuestros adolescentes es que tienen necesidades específicas en las que nadie ha pensado. Nadie les pregunta, y la gente piensa –y se equivoca- que si alguien está en un hogar sustituto tiene sus necesidades cubiertas. No necesariamente es así. “Muchos de ellos no se sienten celebrados desde hace muchos años”, dijo Garrett. Ahora trabaja en el caso de una joven que ya casi alcanza la edad adulta y cuya madre sustituta de muchos años tuvo problemas económicos y no le fue posible conservarla. La joven, una excelente estudiante, fue enviada a un hogar grupal donde le robaron sus escasas pertenencias. Se escapó, señaló Garett, y vive de casa en casa, alojándose con amigos. Adora la escuela, pero no tiene quien asista a las reuniones de padres y maestros, pague su examen SAT, llene formularios ni la induzca a tener confianza en el futuro. No es extraño, comentó Garrett, que sólo el 3 por ciento de los niños del sistema de hogares sustitutos llegue a la universidad. “¿Cuántos jóvenes de dieciocho años están listos para arreglárselas completamente solos?” Junto al ríoEdward Snoddy prepara una cena de carne asada que él y otros llevarán para las fiestas a los campamentos cuya presencia pocas personas advierten y que se encuentran junto al río Jordan, que atraviesa Salt Lake City. Distribuirán regalos bien envueltos y adornados con duendes, ángeles o árboles. Tratarán de convencer, a veces con éxito, a quienes están enfermos o en la miseria de ingresar en programas destinados a ayudarlos a mejorar su situación. Hace dos años, convencieron a Denise Vukas de abandonar la ribera del río que ella llamaba su casa. Vukas había trabajado como encargada de una tienda. Era madre. Ya era adulta cuando empezó a beber, y bebió hasta que ya no pudo dejarlo. Pasó tres navidades en una nebulosa, sin familia, sin amigos y sin valorarse. Cuando Snoody y el equipo médico de Volunteers of America la convencieron de aceptar ayuda, estaba casi muerta. Se desintoxicó, pero recayó, tras lo cual se la volvió a hospitalizar. Esa vez, prácticamente moribunda, miró a los ojos a su hija y a su madre, que nunca habían perdido la esperanza y no querían verla por última vez en ese estado. Rezó, y Dios contestó, dijo, y la ayudó a empezar de nuevo. Más de un año después, contribuye a dirigir las reuniones de Alcohólicos Anónimos en Mary Grace Manor, donde vive y trabaja. Ofrece aliento y afecto. Su nueva vida comenzó de forma más simple de lo que habría podido suponerse: “Sólo necesitaba alguien que confiara en mí”, contó. “El equipo de ayuda nunca me juzgó. Se preocuparon por sacarme del río.” Pasará las fiestas con sus hijas, ya adultas, y su nieta. No estará entre los olvidados. Tampoco olvidará a los necesitados. Hay muchos: la National Coalition for the Homeless estima que hay entre 2,3 y 3,5 millones de personas sin hogar en todo el país. Pero la cifra es una subestimación, señaló, dado que muchas personas, como Vukas, abandonan los refugios durante temporadas o para siempre. Almas jóvenesEsther y Keith tienen una discapacidad de desarrollo pero tienen su propio apartamento y se las arreglan muy bien. Cuentan con la ayuda de los hermanos de Keith y de un viejo amigo, Mel Brake, que vivía en el apartamento contiguo en Filadelfia. Keith tiene el mismo empleo simple desde hace cincuenta años y trata de cuidar a su esposa, que padece cáncer. Se siente algo perdido en la cocina y prepara comidas sencillas, como el pavo envasado que sirvió para Acción de Gracias. Por lo general están solos, y juntos. Esther lleva años esperando el regalo soñado que nunca parece llegar. Quiere una muñeca de Shirley Temple. A los setenta y tantos años, le gustan las muñecas con la vehemencia de una niña de siete años. Brake les hace las compras y suele pasar por el apartamento. Los visitará durante las fiestas, dijo, si bien es probable que pasen parte del día con uno de los hermanos de Keith. Teme que se sientan solos. Sin embargo, son más afortunados que algunas personas que conoce, dijo. Muchos adultos discapacitados cuentan con menos apoyo conforme sobreviven a sus familiares y amigos y envejecen. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades dijeron que uno de cada seis niños tiene alguna discapacidad relacionada con el desarrollo. Eso comprende desde problemas leves hasta trastornos graves de muchos tipos diferentes, desde autismo hasta discapacidad intelectual. Es más fácil calcular las cifras de niños porque se les proporciona servicios educativos. Los adultos, en cambio, viven con familiares o en hogares grupales, instituciones, centros privados o, como en este caso, solos. Por ese motivo las estimaciones no son confiables, pero todos coinciden en que hay adultos con ese tipo de discapacidades en todos los vecindarios de los Estados Unidos. A veces no se advierte su presencia. Colaboradores solidariosAños después de que él, su esposa y el hermano de ella crearan su propio centro de atención médica en Hackensack, Nueva Jersey, a Lenny Verkhoglaz le sigue sorprendiendo la cantidad de clientes de Executive Homecare que no tienen en la ciudad nadie que los cuide. Algunos tienen hijos que viven muy lejos, mientras que otros no tienen hijos. Muchos han sobrevivido a sus hijos, señaló su esposa, Mila Feldman. Los colaboradores a los que se contrata se convierten en la familia que no tienen. Durante las fiestas, esos colaboradores tienen a su cargo hacer que todo resulte más especial. Arman pequeños árboles u organizan un intercambio de regalos. Visten a sus clientes con ropa festiva y tratan de dar un clima especial a esos días, declaró. Los regalos no tienen por qué ser extravagantes, dice Amanda Gois, de St.Paul’s PACE en San Diego. El grupo ayuda a 270 de los ancianos de la zona a quedarse en sus casas y proporcionan transporte, comidas y socialización. Feldman estima que el 45 por ciento de sus clientes no tiene familiares en la ciudad que puedan brindarles apoyo ni visitarlos. Si hay un cumpleaños, el programa se ocupa de la celebración. Están en plena temporada de regalos, por lo que solicitan artículos diversos, ropa, pantuflas: algo pequeño para que todos reciban un regalo. Algunos de los mejores que ha visto son regalos de tiempo y servicio. “Si alguien no tiene familia, necesita de la bondad de los demás”, dijo. Ofrecer hacer un poco de jardinería o lavar algo de ropa no exige mucho, pero se trata de cosas difíciles para los ancianos, destacó. Es raro que en un vecindario no vivan algunas personas de los 40,4 millones del país que tienen más de sesenta y cinco años. Quienes llegan a esa edad, viven un promedio de 18,8 años más, según la Administración sobre Envejecimiento, y casi el 30 por ciento de ellos vive solo. Un hombre pacienteAlgunos de sus vecinos de Idaho Falls tal vez no sepan que Kurt Denning vive cerca. A los cincuenta y dos años, la vida lo ha hecho poco sociable. Hace diecisiete años, un aneurisma cerebral lo hizo entrar en coma. Al despertar, tres meses después, lo enviaron a rehabilitación y luego a vivir con sus padres, como hacía desde muchos años antes. Los ha sobrevivido a ambos. La mayor parte de los días, la vida es rutinaria. Un colaborador lo levanta, lo viste y le prepara el desayuno, luego de lo cual se va. Denning pasa buena parte del tiempo con audiolibros –acaba de terminar “La guerra y la paz”- o ante la computadora. Está casi ciego de un ojo y no maneja la mano izquierda, por lo que hace todo con la derecha, lo cual le lleva más tiempo de lo que quisiera. La paciencia es una virtud que se ha visto obligado a incorporar. El mismo colaborador regresa más tarde y lo ayuda a prepararse para irse a la cama. En el transcurso de esa rutina, es fácil olvidarse de las fiestas. Es difícil determinar si su situación es extraordinaria, dado que es muy amplia la variedad de problemas de salud y circunstancias, incluida la edad, que pueden hacer que alguien no pueda participar en la vida de la comunidad. Es la comunidad de Denning la que debe acercarse a él. Y lo hace. Su hermano mayor, Bryce, lo visita a menudo, y si Denning necesita ir al médico programan la consulta para un viernes, de modo tal que Bryce pueda llevarlo. También tiene la suerte, dijo, de contar con un par de amigos muy dedicados que suelen visitarlo. Es la ayuda de la gente lo que da sentido a la vida.

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Lois M. Collins

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