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Tenía muchas expectativas para hoy, de veras.
Y al mismo tiempo, pensaba: “Amy, no alimentes muchas expectativas o a la larga te sentirás desilusionada”. O sea que estaba muy medida –y a la vez despreocupada- en mis acciones, tratando de que las exigencias no fueran demasiado altas.
Y sin embargo, aquí estoy al final del día, un poco derrotada.
Una vez más, me derrotó el cumpleaños de mi hijo de 4.
Para ser franca, le dije a mi hijo durante todo el día que era su cumpleaños y lo dejé elegir la música que escuchamos en el auto, y lo dejé elegir qué programa ver en mi cama esta mañana cuando su hermana se fue a la escuela, y lo mimé y le dejé poner los pies fríos sobre mi piel tibia. Le compré también un batido de chocolate y lo llevé al museo de dinosaurios y le permití elegir el regalo que quisiera en la tienda. (Salió con una imitación de un huevo fósil de US$6,99, que lo entretuvo durante alrededor de una hora mientras excavaba para sacar del yeso dos dientes de tiburón que se iluminan en la oscuridad. No está mal.) Lo dejé mirar una película en el auto de camino a casa, le preparé una torta de bizcochuelo de chocolate, le serví su cena favorita y le pedí a su papá que le comprara zarzaparrilla y un globo de helio a la vuelta del trabajo.
Oh, y creo que en algún momento también le di una barra de goma de mascar de menta –todo porque era su cumpleaños.
Pero por otro lado, también le di una reprimenda severa por dar un portazo y despertar al bebé, lo reté por poner volver a poner el batidor del que estaba lamiendo la masa de la torta en el recipiente, y le grité que se fuera de la cocina cuando estaba preparando la cena.
Ahora veo que tendría que haberlo hecho dormir la siesta en vez de estirar el día. Y me doy cuenta ahora de que toda esa excitación, azúcar, falta de siesta y dientes de tiburón que brillan en la oscuridad quizá lo aceleraron hasta un punto en que terminó gritándome en la oreja y corriendo por la casa como un loco.
Pero no importó hasta ese momento en que, en medio de un jaleo a la hora del cuento me dio un codazo en el pecho y yo ya había tenido suficiente. Sabía que había sido un accidente, pero estaba furiosa. Me puse de pie, di por terminada la hora del cuento a mitad de una frase en la primera página y mandé a dos chicos llorando a la cama sin ningún cuento en este día muy especial. (Pensándolo bien, al bebé no le importaba, probablemente estuviera llorando por otras razones.)
Ahora bien, usted quizá lea esta nota y piense que soy una madre terrible. O puede leerla y pensar que estoy siendo demasiado dura conmigo misma. Sea como sea, las cosas no salieron como estaban planeadas. Y honestamente, esa es la historia de mi vida la mayoría de los días. Gano algo y pierdo algo. Y hay muchos asaltos ganadores y perdedores todos los días –asaltos por hora, asaltos por minuto.
Sin embargo, en cierto modo, estoy convencida de que mis hijos sólo recordarán los asaltos que perdí. Y en cierto modo, me preocupa que si mis hijos sólo recuerdan los asaltos que perdí, no recordarán cuánto traté de ganar. Y no recordarán cuánto los amo.
Quizá sea un salto extremo, pero es la forma en que trabaja mi cerebro. La maternidad para mí es en gran medida asegurarme de que mis hijos sepan que los quiero. Los quiero hasta el fin de la Tierra, ida y vuelta, inclusive cuando estoy enojada o en el medio de un asalto horrendamente perdedor. Los amo.
Cuando era pequeña, mi madre me decía que me quería de muchas maneras, pero una era particularmente especial –y algo he continuado. Cuando me tomaba la mano, me la apretaba tres veces, una por cada palabra en “Yo te quiero”. Era algo secreto, sutil y silencioso. Pero me daba consuelo.
Le pregunté dónde lo había aprendido, pensando que era algo que había recibido de mi abuela. Pero resulta que fue mi abuelo quien comenzó los apretones. Ahora yo paso ese mismo gesto a mis hijos. Cuando el silencio es muy grande para hablar o estamos caminando por el estacionamiento hasta la tienda, cuando no sé si están escuchando o perdí más de lo que gané, les aprieto la mano. Cuando los veo dormir, o sentados tranquilos en mi falda, les aprieto la mano. Cada vez que tengo una mano de ellos en la mía, la aferro con fuerza.
No sé si mis apretones resonarán en sus mentes como lo hicieron en la mía, y no sé si mi mano oprimida puede borrar parte de mis clásicos fracasos o ayudar a mis hijos a olvidar los momentos en que salí corriendo a la hora del cuento.
Pero tengo muchas expectativas. Realmente. Amy Choate-Nielsen is a full-time mom and part-time writer. She spends her days at the park and her nights at the computer. She writes about family history and her quest to understand life while learning about her deceased grandmother, Fleeta.









