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“Saben qué día fue ayer?,” algunas manos se levantaron tímidamente, mientras otras se escondían debajo de la mesa como rogando que la pregunta no fuera para ellos. “Domingo”, pensé, cuando la maestra preguntó, “Y qué día va a ser mañana?.” La palabra “Martes” vino rápidamente a mi mente, mientras se escuchaba alrededor del salón los susurros de los niños tratando de descifrar la respuesta correcta. Sentada en una “mesita amarilla”, rodeada por tres hermosas niñas de entre 7 y 8 años de edad, fui testigo del primer día de clases de un grupo de 25 admirables niños y niñas llenos de preguntas y de deseos de aprender.
Un estudio realizado por la Northen Michigan University en año 2009 con el objetivo de medir el grado de estrés en los niños de edad escolar, determinó que el 75% de los niños que asisten a la escuela primaria sufren de ansiedad y estrés. “Niños de ente 6 y 12 años de edad, permanecen sentados en un aula alrededor de 8 horas diarias, mientras se les imparte nuevos conceptos con la expectativa de que estos sean retenidos y aprendidos”, comentó Derek L Anderson al hacer referencia a una de las causas del estrés en los niños en edad escolar.
“Mami, no creo poder hacer esto”, dijo mi hija de 7 años de edad al caminar de la mano conmigo en el patio de la escuela, mientras esperábamos que fuera la hora de entrar. Entonces decidí quedarme con ella por un rato más. Hice la fila con el resto de los niños, salude a la maestra y entre a clases junto con todo el grupo.
Compartiendo una mesa con ellos, presencie uno de los actos de valentía más grande de mi vida. Sentados en un lugar nuevo y desconocido para muchos de ellos, sin la presencia de sus padres, con caritas de susto mezclada con esa cierta satisfacción que se siente cuando se “es más grande”, no tenían nada que envidiarle a ningún súper héroe.
Aunque para mí fue una gran experiencia, al saber que el día anterior fue Domingo, el día siguiente seria Martes, y fui la primera en levantarse al escuchar a la maestra decir: “los de la mesita amarilla vayan a buscar los libros”; lo más impactante fue ver el invalorable trabajo realizado por los padres de esos niños. Aunque no conozco a ninguno de ellos, su reflejo esta en cada uno de esos “hombrecitos” y “mujercitas” que se levantan cada mañana a conquistar ese lugar llamado ESCUELA.
Para hacer de la experiencia del aprendizaje una etapa que se pueda recordar con alegría, es indispensable que los padres participemos de manera activa en esta etapa de la vida de nuestros hijos.
Algunas de las cosas que aprendí en ”mi primer día de clases” con mi hija son:
Asegurarse de que la tarea este completa y lista en la mochila la noche anterior; como adultos sabemos lo embarazoso que es cuando nos comprometemos a hacer algo y no podemos cumplirlo. Como madre en alguna oportunidad le dije a mi hija que le dijera a la maestra que no había tenido tiempo de terminar la tarea, en vez de planificar mis horarios de forma más efectiva para ayudarle a que pueda cumplir con su responsabilidad. Nunca realmente me di cuenta de lo difícil que eso era para ella y del estrés innecesario que le agregaba, hasta que vi la carita de alguno de los niños durante el segundo día de clases, al no haber traído la tarea terminada.
Tratar de que tengan una buena noche de descanso y un buen desayuno; aun siendo mucho más grande y con la experiencia de haber asistido a la universidad, me sorprendió la cantidad de información nueva que los niños tienen que asimilar y lo confuso que puede resultar. En mi “segundo día” con mi hija no podía recordar si primero se escribía en el diario o se leía del libro. Por suerte estaba Tanya, una de las niñas a mi lado que me ayudó con el orden.
Leer por lo menos 20 minutos con ellos antes de acostarlos; Jacqueline Kennedy dijo: "Hay muchas formas pequeñas para engrandecer el mundo de su hijo, el amor por los libros es la mejor de todas." Leerles a diario aunque sea un capítulo de un libro cada día, hace maravillas en la vida de los niños y siembra semillas que le darán frutos por el resto de sus vidas.
Hacerles saber lo orgullosos y satisfechos que estamos con el esfuerzo que ponen en aprender; al caminar por la escuela pude escuchar las conversaciones de muchos de ellos con sus amigos, pero una de esas conversaciones capturó toda mi atención. “Mi papá estaba llorando de emoción ayer cuando vino a buscarme. Voy a ser el mejor alumno para hacerlo sentir orgulloso." Mis ojos se llenaron de lágrimas, y me hubiera gustado encontrar a sus papás para decirle el asombroso trabajo que estaba realizando al criar a su hijo. Aunque la mayoría de nosotros no podemos presenciar ese momento en el que nuestros hijos les dicen a sus amigos lo agradecidos que están por lo que sus papás hacen por ellos; estos pequeños corazoncitos están llenos de amor y gratitud para sus padres.
Gabriela Mistral, una reconocida escritora chilena dijo: "Muchas de las cosas que necesitamos pueden esperar. Los niños no pueden. Ahora es el tiempo en que sus huesos están formados y su mente desarrollada. A ellos no les podemos decir mañana, porque su nombre es hoy." El futuro de ellos depende de el presente que les brindemos
No todos los súper héroes visten una capa en su espalda y tienen poderes supernaturales. Algunos de ellos, solo tienen entre 6 y 12 años de edad, cargan una mochila llena de libros, creen en ese mundo del que sus papás les contaron, se levantan temprano cada mañana para aprender, se sientan alrededor de una “mesita amarilla” y juran a la bandera de su país. A estos pequeños grandes héroes les debemos las mejores sonrisas y los mayores logros de nuestras vidas. Mariel Reimann studied law at the National University of Cordoba, currently resides in Salt Lake City, Utah. Email: marielreimann@yahoo.com









