Filipinas: la vida renace entre las cenizas

Filipinas: la vida renace entre las cenizas



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Hallaron el aro entre las ruinas de su vecindario en ruinas. Apuntalaron el tablero con postes de madera rotos y clavos oxidados recogidos entre los restos de las casas. Un grupo de curiosos los rodeó. Y en uno de los pocos tramos de una calle que no estaba cubierto de escombros, jugaron baloncesto.

Al principio no atiné a pensar nada cuando me topé con seis adolescentes que lanzaban al aro durante el fin de semana en un vecindario devastado de Tacloban, una ciudad que el tifón Haiyan redujo a cadáveres, escombros y árboles arrancados de cuajo cuando se desencadenó sobre las Filipinas el 8 de noviembre.

En mi condición de corresponsal extranjero en medio de una zona de terrible desastre, no esperaba ver a gente divirtiéndose, ni tampoco invitándome a jugar. Me sorprendí todavía más cuando me enteré de que el tablero con el aro fue una de las primeras cosas que reconstruyó este vecindario.

Me tomó un momento darme cuenta del sentido que tenía.

Los chicos querían jugar para dejar de pensar en lo que ocurrió, explicó Elanie Saranillo, una espectadora. "Y nosotros queremos ver para olvidar también".

Saranillo, de 22 años, ahora vive en una iglesia debido a que su casa fue destruida por la tormenta.

Incontables familias perdieron seres queridos por el tifón, que mató a más de 4.000 personas. Cientos de miles de sobrevivientes han sobrellevado un sufrimiento inimaginable: hambre, sed, refugios improvisados, poco o ningún cuidado médico y una espera desesperante, a veces de días, para recibir la primera ayuda. Tacloban estaba llena de rostros atemorizados y desesperanzados. Todavía ahora yacen algunos cadáveres ennegrecidos junto a los caminos o han quedado atrapados bajo los escombros.

Pero a medida que empieza a llegar ayuda, asoma un rayo de esperanza. La gente sonríe, aun esporádicamente. Son atisbos de vida. No significa en modo alguno que estén felices pese a la tragedia. Pero para algunos significa un nuevo entusiasmo por la vida que deriva de haber escapado de la muerte.

Cuando un jovencito con zapatos de distinto color me lanzó la pelota, intenté tiros al aro y milagrosamente emboqué los dos primeros ante el entusiasmo de los presentes. Mi tercer disparo pegó en el borde del aro y salió afuera, y los presentes emitieron un murmullo solidario.

En el vecindario de Saranillo vi a cuatro niños saltando sobre dos colchones atravesados sobre unas vigas de madera entrecruzadas de lo que alguna vez fue una casa. Dos mujeres bailaban sobre una colina cercana.

Filipinas: la vida renace entre las cenizas

A pocos metros (yardas) de distancia, un joven de 21 años, Mark Cuayzon, punteaba una guitarra. También sonreía. Y en esta ciudad virtualmente barrida por la naturaleza le tuve que preguntar por qué.

"Estoy triste por Tacloban", me respondió. "Pero estoy feliz porque todavía estoy vivo. Sobreviví. Perdí mi casa pero no perdí a mi familia".

Cubrí como reportero las consecuencias del maremoto del 2011 en Japón y no puedo recordar una sola sonrisa. Cada nación es resistente a su manera, pero hay algo diferente en las Filipinas que todavía no puedo precisar.

Quizás tiene algo que ver con una expresión filipina: "Bahala na", que esencialmente significa: ocurra lo que ocurra, déjalo a Dios.

Elizabeth Protacio de Castro, profesora adjunta de sicología en la Universidad de las Filipinas en Manila, dijo que su nación se ha acostumbrado a las catástrofes. Unos 20 tifones se abaten sobre el país cada año. A eso se suman terremotos, erupciones volcánicas, insurgencias armadas e inestabilidad política.

"Lidiar con el desastre ha devenido un arte", afirmó. Pero el tifón Haiyan "fue muy diferente, inmenso". Y sin embargo hay que sobrevivir. "Por eso, en vez de gritar o mirar fijo una pared en una sala siquiátrica, uno hace todo lo que puede y después se desahoga".

Tocar música o hacer deportes entre las ruinas, dijo la sicóloga, "es un modo de afirmar que la vida sigue. Es una reacción normal a una situación anormal".

Associated Press

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