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Navarette: “Votar es la mejor venganza.”



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Ese fue el encantador consejo del presidente Obama a sus seguidores demócratas antes de la elección. Los electores latinos tomaron esas palabras a pecho. Aparentemente, viven bajo un credo: Cuando los políticos utilizan el asunto de la inmigración para hacerte sentir ciudadano de segunda clase, en un país en el que tus antepasados han vivido durante siglos, no te enojes. No te desquites. Sólo organízate y vete a las urnas. Entonces sí, desquítate. Decepcionado por ambos partidos, insté a los latinos a “saltearse el renglón” y a votar por todos los funcionarios, excepto los que encabezan la lista. En lugar de hacerlo, se volcaron a Obama, entregándole —según las encuestas a la salida de los comicios— el 71 por ciento de sus votos. No es el porcentaje más alto del voto latino que haya obtenido un candidato presidencial; Bill Clinton se llevó el 73 por ciento contra Bob Dole en 1996. Pero aún así fue más que suficiente, para que Obama arrebatara todo y Mitt Romney no pudiera ganar. Romney recibió aproximadamente el 27 por ciento del voto latino, muy lejos del 35 por ciento que era el objetivo de su campaña. Nunca trabajó por esos votos, y hubo por lo menos cuatro elementos en su contra: el hecho de que la marca del Partido Republicano sea venenosa para los latinos; sus chanchullos en las primarias del Partido Republicano, en que en un intento por derrocar a Rick Perry y Newt Gingrich, se pintó a sí mismo como de extrema derecha, con una dura retórica en la que prometió no conceder una “amnistía” a los “extranjeros ilegales”; sus estúpidos comentarios en una recaudación de fondos en Boca Raton, Florida, en mayo, donde sugirió que ganaría la presidencia si fuera latino; su insustancial sugerencia de que los inmigrantes ilegales deben simplemente “auto-deportarse”. Mientras tanto, Obama presentaba un importante atractivo para los latinos: No era Romney. El electorado que supuestamente debía decidir esta elección resultó no pedir demasiado. Dadas sus políticas migratorias represivas y las manipulaciones retóricas que utiliza para encubrirlas, Obama no ha cumplido con los latinos. No les ha respondido; pero ellos, indudablemente, han acudido a su llamado. Y por tanto, vemos que el credo tiene sus limitaciones. Porque los latinos son sumamente leales a la marca del Partido Demócrata, solo castigan a los republicanos cuando éstos se portan mal. Ambos partidos necesitan una paliza. A la mayoría de los latinos no parece importarles que los demócratas practiquen un elaborado juego con ellos —persiguen el interés del partido (manteniendo contentos a los sindicatos al evadir la reforma migratoria, que crearía competencia por puestos de trabajo al legalizar a los inmigrantes ilegales) mientras pintan a los vocingleros pero impotentes republicanos como el obstáculo. De la misma manera, a muchos latinos no parece importarles que los demócratas no se avocaran a arreglar el sistema migratorio en los dos años en que controlaron el Congreso y la Casa Blanca (2009-11), ni que cinco senadores demócratas impidieran que se aprobara la Ley DREAM al votar contra la clausura, ni que el Departamento de Seguridad del Territorio de Obama haya aprehendido y deportado un número récord de inmigrantes ilegales y dividido miles de familias. Así pues, el día posterior a la elección, defensores del Presidente se encontraron circulando narrativas contradictorias. Cuando se trata de castigar a los republicanos, a los electores latinos les importa sólo la inmigración. Pero cuando tienen la oportunidad de castigar a los demócratas, bueno, de repente les importan otros asuntos aparte de la inmigración. Dije que son leales, no lógicos. Otro motivo por el que los latinos están confundidos es que, para Obama, la “D” en la boleta de votación es de “desviación”. Ese es el don del Presidente. Cuando uno va a su puerta con una queja sobre algo que él ha hecho o no ha hecho, señala en dirección a su adversario y dice: “Oye, no me mires a mí. Te estoy protegiendo. ¡Mira allí!” Eso sólo funciona durante un tiempo limitado. Ya, los latinos y otros que apoyan la reforma migratoria integral, incluyendo un camino a una categoría legal para los inmigrantes ilegales, están exigiendo que Obama finalmente cumpla su promesa de 2008 y la lleve a cabo, —preferiblemente durante el primer año de su segundo período. No esperen demasiado, amigos. La dinámica política no ha cambiado. Los sindicatos aún temen la competición de los inmigrantes, y los demócratas aún satisfacen ese temor. Además, es más grande que la política; es la naturaleza humana. Cuando alguien te ha traicionado y maltratado, y tú lo perdonas sin consecuencias ni condiciones, generalmente te respetan aún menos de lo que te respetaban antes. Y si estás decidido a seguir el camino de la reforma, no es un buen lugar para empezar. La dirección electrónica de Ruben Navarrette es ruben@rubennavarrette.com

Ruben Navarette

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